
¿Puede el entrenamiento prolongado asociarse con una organización distinta de las redes cerebrales? La pregunta resulta atractiva, pero conviene separar dos ideas: observar diferencias en una resonancia no demuestra, por sí solo, que una persona piense mejor, tenga más memoria o rinda más en competición.
Un estudio publicado en NeuroImage en 2026 comparó a atletas de resistencia de alto nivel con personas sin trayectoria deportiva de élite. Mediante resonancia magnética funcional en reposo, analizó cómo se relacionaba la actividad de distintas regiones cerebrales y cómo variaban esas relaciones durante el registro. Es una investigación sobre conectividad cerebral, no un ensayo que mida los efectos de empezar a entrenar ni una prueba directa de capacidad cognitiva. [1]
Respuesta rápida: un estudio de 2026 con resonancia magnética funcional en reposo comparó a 25 atletas de resistencia con 31 controles y encontró en los atletas una mayor conectividad dentro de las redes sensoriomotora, de saliencia, cíngulo-opercular y auditiva, y una menor segregación de la red frontoparietal [1]. Es un estudio transversal: no demuestra que el entrenamiento cause esos cambios ni que mejore la memoria o el rendimiento. Lo mejor establecido sobre ejercicio y cerebro es que el ejercicio aeróbico eleva el BDNF y, en personas mayores, puede aumentar el volumen del hipocampo [6, 7].
A lo largo del artículo veremos qué midieron los investigadores, cuáles fueron las diferencias más consistentes y qué resultados deben considerarse exploratorios. También contrastaremos el estudio con otras investigaciones sobre ejercicio, cerebro y cognición para distinguir los hallazgos de neuroimagen de las posibles consecuencias funcionales.
Qué significa hablar de conectividad funcional cerebral
El cerebro está formado por regiones que participan en procesos distintos y que se comunican entre sí. En una resonancia magnética funcional, los investigadores registran cambios en la señal BOLD, relacionada indirectamente con variaciones locales en la oxigenación de la sangre. A partir de cómo fluctúa esa señal en distintas zonas, pueden estimar si sus patrones de actividad están coordinados en el tiempo.
A esa relación estadística se la denomina conectividad funcional. No equivale a observar una conexión física directa entre neuronas ni indica automáticamente que la comunicación sea más eficaz. Su interpretación depende de qué regiones se analicen, de cómo se procese la señal y de qué otras medidas acompañen al estudio.

Conectividad estática y conectividad dinámica
La conectividad estática resume la relación entre regiones durante todo el periodo de registro. Ofrece una imagen promedio de qué zonas muestran patrones de actividad coordinados mientras la persona permanece en reposo.
La conectividad dinámica, en cambio, examina cómo esas relaciones se reorganizan en distintos intervalos. En el estudio que nos ocupa, los investigadores utilizaron ventanas temporales para estimar cambios en la organización de las redes cerebrales. Esta aproximación permite formular preguntas sobre la variabilidad de la conectividad, pero sus resultados dependen de decisiones metodológicas —como la duración de las ventanas— y requieren especial cuidado al interpretar diferencias entre grupos. [1]

Qué investigó el estudio en atletas de resistencia
Zhao y colaboradores compararon la conectividad cerebral en reposo de atletas de resistencia de alto nivel con la de un grupo de control. El estudio fue transversal: examinó a ambos grupos en un momento determinado, sin asignarles un programa de entrenamiento ni medir cómo cambiaba su cerebro con el paso del tiempo. Por eso, puede identificar diferencias y asociaciones, pero no establecer que el entrenamiento las haya causado. [1]
Quiénes participaron y cómo se formaron los grupos
La muestra final incluyó 56 personas: 25 atletas de resistencia y 31 controles emparejados sin esa trayectoria deportiva [1]. Además de comparar ambos grupos, los autores relacionaron las medidas de conectividad con la exposición acumulada al entrenamiento de cada participante [1].

Cómo se obtuvieron y analizaron las imágenes cerebrales
Los participantes se sometieron a una resonancia magnética funcional en reposo. A partir de la señal registrada, los autores combinaron un análisis de la conectividad estática —durante todo el registro— con un modelo de red multicapa para estudiar la conectividad dinámica, en ventanas temporales [1].
Los investigadores agruparon las regiones en redes cerebrales. Entre ellas estaban la red sensoriomotora, relacionada con el procesamiento sensorial y el movimiento; las redes de saliencia y cingulo-opercular, vinculadas a la detección de información relevante y al control sostenido; y la red frontoparietal, implicada en distintas formas de control cognitivo. Estos nombres describen sistemas funcionales estudiados en neuroimagen: no significan que el trabajo midiera directamente la capacidad de los atletas para realizar esas tareas. [1]
Qué diferencias encontraron en las redes cerebrales
Los resultados más sólidos del estudio proceden del análisis estático. En el análisis dinámico aparecieron algunas diferencias exploratorias, pero ninguna se mantuvo tras corregir estadísticamente las comparaciones múltiples. Esta distinción es importante: no todos los resultados descritos en el artículo tienen el mismo grado de respaldo. [1]
Mayor conectividad promedio en algunas redes
En comparación con el grupo de control, los atletas mostraron una conectividad promedio mayor dentro de cuatro redes: la sensoriomotora, la de saliencia, la cingulo-opercular y la auditiva. Estas diferencias superaron el umbral estadístico corregido que utilizaron los investigadores. [1]
El hallazgo indica que, durante el reposo, ciertas regiones pertenecientes a esas redes presentaban fluctuaciones de señal más coordinadas en los atletas. No demuestra que esas redes funcionaran mejor durante una carrera ni que los participantes tuvieran mejores habilidades motoras, atencionales o cognitivas: el estudio no evaluó esas capacidades directamente.
Menor segregación de la red frontoparietal
Los atletas también presentaron una menor segregación de la red frontoparietal. En este contexto, la segregación expresa hasta qué punto las conexiones dentro de una red son más fuertes que las conexiones con otras redes. Un valor menor sugiere que sus límites funcionales están menos diferenciados en los datos analizados. [1]
Los autores plantean que esto podría reflejar una mayor integración con otros sistemas cerebrales. Sin embargo, esa interpretación no equivale a demostrar una mejora del control cognitivo. Es una posible explicación de un patrón de conectividad en reposo, no un resultado conductual medido.

Los resultados dinámicos deben considerarse exploratorios
Los investigadores analizaron varias medidas dinámicas. Entre ellas, la flexibilidad describe con qué frecuencia una región cambia de comunidad o grupo funcional a lo largo del registro; la promiscuidad, en qué medida participa en distintas comunidades; la cohesión, en qué medida las regiones cambian de comunidad junto con otras; y la disjointedness, hasta qué punto los cambios de unas regiones se producen de forma independiente de los de otras.
En algunos análisis sin corrección por comparaciones múltiples, los atletas mostraron menor flexibilidad en la red subcortical, mayor promiscuidad en redes como la sensoriomotora y menor disjointedness en las redes visual y auditiva. Pero ninguna diferencia dinámica entre grupos sobrevivió a la corrección estadística. Los autores las presentan como patrones exploratorios que necesitan comprobarse en estudios posteriores, no como resultados confirmados. [1]

Años de entrenamiento, horas semanales y conectividad
Además de comparar atletas y controles, los autores analizaron si las medidas de conectividad se relacionaban con la trayectoria de ejercicio declarada por los participantes. Varias medidas de conectividad se asociaron con la exposición acumulada al entrenamiento de cada participante [1].
Qué asociaciones observaron
Según los autores, este patrón sugiere que la exposición prolongada al entrenamiento de resistencia podría relacionarse con una organización cerebral basal más integrada en los sistemas motores, de saliencia y de control cognitivo [1]. Es su interpretación, no un efecto demostrado.
Por qué estas asociaciones no demuestran una relación dosis-respuesta
Ese patrón no permite concluir que acumular años de entrenamiento cause cambios cerebrales, ni que los años sean más importantes que las horas semanales. El estudio no asignó dosis de ejercicio ni comparó grupos mediante un programa controlado: registró trayectorias distintas en una muestra pequeña y en un único momento. [1]
También importa que los atletas y los controles diferían en su exposición al entrenamiento. Por eso, las asociaciones observadas en la muestra conjunta pueden reflejar, al menos en parte, las diferencias entre los dos grupos. El propio artículo advierte que su diseño transversal no permite determinar si las diferencias cerebrales surgieron con el entrenamiento o si algunas características previas influyeron en quién llegó a ser atleta de alto nivel. [1]
Cómo afecta el ejercicio al cerebro: lo que está mejor establecido
El BDNF, una proteína clave para la plasticidad
El factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) es una proteína que participa en la supervivencia neuronal y la plasticidad. Un metaanálisis de 29 estudios con 1111 participantes encontró que una sesión de ejercicio aumenta el BDNF en sangre, que el entrenamiento regular intensifica esa respuesta y que los niveles en reposo suben poco; los estudios con más mujeres mostraron cambios menores [6].
El hipocampo y la memoria en personas mayores
En un ensayo aleatorizado con 120 personas mayores, un año de entrenamiento aeróbico aumentó el volumen del hipocampo alrededor de un 2 %, lo que según los autores compensaba la pérdida asociada a 1-2 años de envejecimiento, y ese aumento se asoció con niveles más altos de BDNF [7]. Son resultados en mayores y con caminatas, no en atletas jóvenes.
Cuánta actividad física se recomienda
La Organización Mundial de la Salud recomienda a los adultos 150-300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada o 75-150 de intensidad vigorosa, además de fuerza muscular regular y menos tiempo sedentario [8], y entre los beneficios de la actividad física en adultos y mayores incluye la salud cognitiva [9]. Si quieres concretarlo, tienes cómo distribuirlo en cuánto cardio hacer al día y cómo construir una base aeróbica en zona 2.
Qué aporta la investigación más amplia sobre ejercicio y cerebro
El estudio de Zhao y colaboradores no es el único que ha examinado cambios cerebrales asociados al ejercicio, pero sus resultados deben compararse con investigaciones que midieron otras poblaciones y utilizaron diseños distintos. En particular, algunos ensayos han seguido a personas antes y después de un programa de ejercicio, mientras que las revisiones sobre cognición han reunido pruebas de edades, condiciones y modalidades de ejercicio muy diversas.
Algunos ensayos han observado cambios de conectividad tras entrenar
En un ensayo aleatorizado de un año con personas mayores, el grupo que realizó un programa de caminatas mostró cambios en la conectividad funcional de redes cerebrales relacionadas con procesos cognitivos. Algunos cambios se asociaron con mejoras en pruebas de función ejecutiva. El grupo de estiramientos y tonificación también presentó cambios en ciertas redes, lo que recuerda que las adaptaciones observadas no tienen por qué ser exclusivas del ejercicio aeróbico. [4]
Otro ensayo, que analizó a 37 de las 56 personas mayores previamente sedentarias que se aleatorizaron, comparó 12 semanas de ciclismo en bicicleta estática con un programa de equilibrio y tonificación. Los investigadores observaron cambios en la conectividad entre regiones motoras y una red cerebral relacionada con procesos internos. Algunos cambios se asociaron con el rendimiento psicomotor, aunque la muestra analizada fue pequeña. [5]
Estos ensayos muestran que la conectividad funcional puede cambiar durante intervenciones de ejercicio. Sin embargo, estudiaron principalmente a personas mayores sedentarias, no a atletas jóvenes de resistencia. Sus resultados aportan contexto y plausibilidad, pero no confirman que los cambios encontrados en atletas de élite sean una consecuencia del entrenamiento ni que tengan el mismo significado funcional.
Cambios cerebrales y mejoras cognitivas son preguntas distintas
Una revisión paraguas publicada en 2025 reunió 133 revisiones sistemáticas, con 2724 ensayos aleatorizados y 258 279 participantes. Encontró efectos promedio favorables del ejercicio sobre la cognición general, la memoria y la función ejecutiva. Pero agrupó personas de distintas edades y poblaciones, y diferentes tipos de ejercicio; por tanto, sus resultados no describen específicamente a atletas de resistencia. [2]
La evidencia también depende de cómo se analice. Una revisión paraguas anterior, centrada en ensayos aleatorizados sobre población sana, estimó inicialmente un efecto pequeño del ejercicio sobre la cognición, que pasó a ser insignificante al corregir el posible sesgo de publicación. El trabajo más amplio de 2025 y esta revisión anterior no responden exactamente a la misma pregunta: difieren en alcance y métodos. En conjunto, aconsejan evitar afirmaciones generales basadas en un único resultado de neuroimagen. [3]
Así, una cosa es que una prueba detecte diferencias de conectividad en reposo, otra que una intervención de ejercicio modifique esas medidas y otra que las personas mejoren en tareas de memoria, atención o control ejecutivo. Son preguntas relacionadas, pero cada una requiere mediciones específicas. El estudio de atletas aporta información sobre la primera; no permite responder por sí solo a las otras dos.

Qué podemos y qué no podemos concluir
El estudio aporta una descripción detallada de la conectividad funcional en reposo de atletas de resistencia de alto nivel. Una fortaleza es que analiza la organización cerebral desde dos perspectivas —estática y dinámica— y aplica correcciones estadísticas para reducir el riesgo de interpretar como hallazgos firmes diferencias surgidas al realizar muchas comparaciones. [1]
Las diferencias observadas no prueban que el entrenamiento las causara
La principal limitación es el diseño transversal. Los investigadores compararon atletas y controles en un único momento, así que no saben si las diferencias aparecieron tras años de entrenamiento o si algunas ya existían antes y pudieron influir en quién llegó a ser atleta de élite. Para establecer mejor la secuencia temporal harían falta estudios longitudinales que evaluaran a las mismas personas antes y durante un programa de entrenamiento. [1]
La muestra también fue pequeña y específica: 25 atletas de resistencia. Los resultados no se pueden trasladar sin más a personas que corren de forma recreativa, a otros deportes de resistencia, a otros grupos de edad o a la población general. [1]
La neuroimagen no demuestra una mejora cognitiva o deportiva
El estudio midió conectividad funcional durante el reposo, pero no evaluó directamente memoria, atención, toma de decisiones, rendimiento en carrera ni economía de movimiento. Por tanto, no permite concluir que los atletas tuvieran mejores capacidades en esos ámbitos. La interpretación de que ciertas redes podrían apoyar el control motor o la regulación fisiológica es una hipótesis plausible de los autores, no un efecto funcional demostrado en los participantes. [1]
La cautela es especialmente importante para los resultados dinámicos: aunque el artículo describe varias diferencias exploratorias, ninguna superó la corrección por comparaciones múltiples. Esas observaciones pueden orientar nuevas investigaciones, pero no deberían presentarse como evidencia confirmada de que el cerebro de los atletas se reorganiza de una manera dinámica específica. [1]
Qué significa para entrenadores y profesionales del ejercicio
El estudio amplía la conversación sobre las adaptaciones asociadas al entrenamiento de resistencia aeróbica: no solo se investigan cambios cardiovasculares o musculares, sino también posibles diferencias en la organización funcional del cerebro. Sin embargo, no ofrece una pauta para modificar la programación del entrenamiento ni permite recomendar más años u horas de ejercicio para producir un cambio cerebral concreto. [1]
Cómo comunicar los hallazgos sin exagerarlos
Una formulación ajustada sería que los atletas de resistencia estudiados presentaron diferencias en algunas medidas de conectividad cerebral en reposo respecto al grupo de control. No sería correcto decir que el entrenamiento «mejora el cerebro», aumenta la inteligencia o hace que los atletas tomen mejores decisiones: esas capacidades no se midieron.
Para trasladar los resultados a la práctica profesional hacen falta investigaciones que sigan a las personas durante un programa de entrenamiento, registren de forma objetiva su carga y midan tanto la conectividad cerebral como el rendimiento cognitivo o deportivo. Hasta entonces, este estudio sirve para plantear preguntas, no para establecer nuevas recomendaciones. [1]
Una lectura equilibrada de los resultados
El hallazgo más sólido es la mayor conectividad promedio dentro de algunas redes cerebrales en los atletas, junto con una menor segregación de la red frontoparietal. Son diferencias observadas en una resonancia funcional en reposo y en una muestra concreta de atletas de resistencia de alto nivel.
Los resultados dinámicos requieren más cautela: ninguna diferencia entre grupos se mantuvo tras la corrección por comparaciones múltiples. Y, dado que el estudio fue transversal y no midió directamente cognición ni rendimiento deportivo, no permite afirmar que el entrenamiento causara las diferencias ni que estas supongan una ventaja funcional. [1]
En suma, el trabajo ofrece una fotografía sugerente de la conectividad cerebral en atletas de resistencia. Para saber si el entrenamiento produce esas adaptaciones y qué significado tienen para la cognición o el rendimiento, necesitaremos estudios longitudinales y experimentales que midan esas variables de forma directa.
Preguntas frecuentes sobre ejercicio y cerebro
¿Cómo mejora el ejercicio el cerebro?
Uno de los mecanismos mejor estudiados es el BDNF: el ejercicio aumenta sus niveles en sangre, sobre todo tras cada sesión y más en personas entrenadas [6]. En personas mayores, el entrenamiento aeróbico también se ha asociado con un mayor volumen del hipocampo [7] y, en conjunto, con efectos favorables sobre la cognición, la memoria y la función ejecutiva [2].
¿Los atletas de resistencia tienen un cerebro diferente?
El estudio de Zhao encontró diferencias de conectividad en reposo entre 25 atletas de resistencia y 31 controles [1], pero al ser transversal no puede saber si las causó el entrenamiento ni si suponen una ventaja cognitiva o deportiva.
¿Correr mejora la memoria?
En personas mayores, un año de caminatas aeróbicas aumentó el volumen del hipocampo y se acompañó de mejoras de memoria [7], y las revisiones encuentran efectos favorables del ejercicio sobre la memoria [2]. En adultos jóvenes y sanos el beneficio es más incierto [3].
¿Cuánto ejercicio hace falta para notar beneficios cerebrales?
No hay una dosis específica para el cerebro. La referencia general de la OMS es de 150-300 minutos semanales de actividad moderada o 75-150 de vigorosa, más fuerza [8].
Publicación revisada por:
Referencias
- Zhao B, Wei L, Zhao G, Zhang Q, Bai X, Jin H, et al. Static and dynamic functional network alterations associated with endurance training. NeuroImage. 2026;340:122229. doi:10.1016/j.neuroimage.2026.122229. doi.org
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