
El hígado graso asociado a alteraciones metabólicas puede desarrollarse sin síntomas evidentes y es muy frecuente: la guía europea estima que su prevalencia mundial en la población general ha pasado del 25 % en 2016 a más del 30 % en la actualidad [3]. Por eso, cuando se habla de su abordaje, la conversación no se limita a lo que aparece en una analítica: también importa qué hábitos pueden ayudar a mejorar la salud hepática y cardiometabólica.
La dieta mediterránea suele aparecer entre las estrategias recomendadas. Pero hay una pregunta más concreta que merece examinarse: ¿mejora los resultados más que otros patrones dietéticos? Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 reunió ensayos clínicos que compararon este tipo de alimentación con otras intervenciones. Para interpretar sus resultados, primero conviene aclarar qué entendemos hoy por MASLD y qué lugar ocupa la alimentación dentro de su tratamiento. [1]
Respuesta rápida: un metaanálisis de 2026 con ensayos aleatorizados en personas con hígado graso metabólico (MASLD) encontró una pequeña ventaja de la dieta mediterránea frente a otras dietas en el IMC y los triglicéridos, pero no en peso, cintura, glucosa, enzimas hepáticas ni presión arterial, y con una certeza de la evidencia baja o muy baja [1]. No significa que no funcione: las guías europeas la recomiendan como patrón de referencia, junto con la pérdida de peso y la actividad física [3]. Si buscas qué comer en concreto, tienes nuestra guía de dieta para el hígado graso.
MASLD: qué significa el cambio de nombre y por qué importa
De NAFLD a MASLD: una terminología centrada en el metabolismo
En 2023, un consenso internacional propuso sustituir el término non-alcoholic fatty liver disease (NAFLD) por metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease (MASLD), que en español se traduce como enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica. El cambio buscó describir mejor las características metabólicas de la enfermedad y evitar que su definición dependiera de una exclusión —la ausencia de consumo relevante de alcohol—. También pesó el estigma: en la consulta Delphi, el 61 % y el 66 % de los participantes consideraron estigmatizantes los términos «no alcohólico» y «graso». [2]
MASLD se diagnostica cuando existe esteatosis hepática —acumulación de grasa en el hígado— junto con al menos un factor de riesgo cardiometabólico, como obesidad, alteraciones de la glucosa o diabetes tipo 2, hipertensión o dislipidemia. La terminología también introdujo el acrónimo MASH para la esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica, que reemplaza al término NASH. [2] Si quieres repasar la enfermedad en sí, la explicamos en qué es el hígado graso.
El cambio de nombre no significa que toda la investigación anterior haya dejado de ser útil. Muchos ensayos y revisiones se publicaron cuando se utilizaba NAFLD; sus resultados siguen formando parte de la evidencia, aunque conviene comprobar cómo definieron a los participantes y hasta qué punto sus criterios corresponden a la clasificación actual.

Por qué el abordaje incluye alimentación, actividad física y otros factores clínicos
La MASLD está vinculada a factores metabólicos que pueden coexistir, por lo que las guías plantean un abordaje amplio. Las recomendaciones europeas incluyen cambios en el estilo de vida, actividad física y ejercicio, además del tratamiento adecuado de enfermedades concomitantes. En cuanto a la alimentación, aconsejan mejorar su calidad —con un patrón similar al mediterráneo—, limitar los ultraprocesados ricos en azúcares y grasas saturadas, y evitar las bebidas azucaradas. [3]
Estas recomendaciones describen un marco general de atención. La revisión que analizaremos responde a una pregunta más acotada: qué diferencias se observan en los ensayos cuando una intervención basada en la dieta mediterránea se compara con otras dietas. Para entender lo que puede —y lo que no puede— concluirse, habrá que mirar de cerca qué estudios incluyó, qué intervenciones comparó y qué resultados midió.
Qué pregunta responde la revisión sistemática
La revisión de Valenzuela-Fuenzalida y colaboradores analiza si las intervenciones basadas en la dieta mediterránea mejoran distintos resultados metabólicos y hepáticos en personas con NAFLD o MASLD, en comparación con otras intervenciones dietéticas o de estilo de vida. La pregunta es relevante, pero conviene precisar desde el principio qué tipo de comparación aborda: no enfrenta necesariamente la dieta mediterránea con «no hacer nada», sino que reúne estudios con diferentes grupos comparadores. [1]

Qué ensayos incluyó y qué resultados analizó
Los autores buscaron ensayos aleatorizados hasta febrero de 2024 e incluyeron 23 en la síntesis cualitativa. Sin embargo, solo 11 estudios —con 980 participantes— aportaron datos a los metaanálisis. Por tanto, el número de estudios que contribuyó a cada resultado fue menor que el total incluido en la revisión. [1]
Entre las variables analizadas figuran el peso corporal, el índice de masa corporal (IMC), el perímetro de cintura, algunos marcadores de control glucémico y resistencia a la insulina, los lípidos sanguíneos, las enzimas hepáticas y la presión arterial. Esta variedad permite observar distintos aspectos de la salud, aunque no todos los resultados se pudieron combinar con la misma cantidad de datos. [1]

Qué dietas se compararon
Las intervenciones no fueron idénticas entre sí. Bajo la etiqueta de dieta mediterránea aparecen propuestas con diferencias en composición, adaptación cultural y aplicación práctica. Algunos programas también incorporaron restricción calórica, actividad física, cambios de estilo de vida o suplementos. Los grupos de comparación también variaron: en varios ensayos recibieron otra pauta dietética estructurada. [1]
Esta heterogeneidad importa al interpretar el conjunto. El metaanálisis no compara una única versión estandarizada de la dieta mediterránea con una única dieta alternativa; resume estudios que difieren en cómo aplicaron ambas intervenciones. En las secciones siguientes veremos cómo condiciona esto la lectura de los resultados.
Qué encontró el metaanálisis
La revisión encontró diferencias estadísticamente significativas a favor de las intervenciones basadas en la dieta mediterránea en dos resultados: el índice de masa corporal y los triglicéridos. En el resto de las variables analizadas no detectó diferencias estadísticamente significativas frente a las intervenciones comparadoras. [1]

IMC: una diferencia estadísticamente significativa, con mucha variabilidad
En el IMC, el metaanálisis estimó un efecto de −0,43 desviaciones estándar (IC del 95 %: −0,84 a −0,02; p = 0,04). La estimación favorece a la dieta mediterránea, pero el intervalo de confianza apenas queda por debajo de cero. Además, la heterogeneidad entre estudios llegó a ser alta en el conjunto de resultados (hasta un I² del 94 %), y la mayoría de los resultados se calificaron con una certeza de la evidencia baja o muy baja. [1]
El resultado está expresado como diferencia estandarizada, no en unidades de IMC. Por tanto, no se puede traducir directamente en una cantidad concreta de kg/m² ni afirmar, a partir de este dato por sí solo, cuánto peso perdería una persona.
Triglicéridos: señal favorable basada en pocos estudios
Para los triglicéridos, el efecto estimado fue de −0,50 desviaciones estándar (IC del 95 %: −0,88 a −0,12; p = 0,01), también a favor de las intervenciones mediterráneas. Es el resultado más claro, pero procede de un subconjunto de los ensayos y comparte las limitaciones de certeza del conjunto. [1] Si tus triglicéridos están elevados, repasamos qué los sube y cómo bajarlos en triglicéridos altos.
Como ocurre con el IMC, esta medida estandarizada no expresa la diferencia en mg/dL. Que el resultado sea significativo tampoco garantiza que el resultado se reproduzca en poblaciones o intervenciones distintas.
En el resto de los resultados no se detectaron diferencias claras
La revisión no encontró diferencias estadísticamente significativas entre los grupos para el peso corporal, el perímetro de cintura, HOMA-IR, la insulina en ayunas, la hemoglobina glicosilada (HbA1c), las fracciones de colesterol, las enzimas hepáticas ni la presión arterial. [1]
Esto describe una falta de evidencia estadística de superioridad en esos resultados; no demuestra que las dietas comparadas sean equivalentes ni que ninguna produzca cambios. Para valorar qué significa realmente esta señal —y por qué no permite concluir que la dieta mediterránea «no funciona»— hay que considerar el tamaño y la calidad de los estudios, la duración de las intervenciones y el tipo de comparadores utilizados.
Por qué estos resultados no significan que la dieta mediterránea «no funcione»
El metaanálisis pregunta si las intervenciones mediterráneas obtuvieron mejores resultados que las intervenciones con las que se compararon. Esa pregunta es distinta de saber si una persona mejora al seguir una dieta mediterránea respecto a su situación inicial. Si ambos grupos mejoran de forma parecida, la diferencia entre ellos puede ser pequeña, aunque las dos intervenciones hayan producido cambios. [1]
Comparar dietas no equivale a comparar dieta con ausencia de tratamiento
Varios ensayos utilizaron grupos de comparación que también recibieron una pauta alimentaria o una intervención de estilo de vida. Por eso, el resultado no permite concluir que «la dieta mediterránea no produce beneficios»: indica que, en los estudios incluidos, no se detectó una ventaja estadísticamente clara frente a esas alternativas para la mayoría de las variables analizadas. [1]
No encontrar una diferencia no demuestra que las intervenciones sean equivalentes
Cuando un resultado no alcanza significación estadística, puede deberse a que la diferencia real sea pequeña, pero también a que los estudios no tengan suficiente precisión para detectarla. Para afirmar que dos dietas son equivalentes habría que diseñar y analizar ensayos con ese objetivo. La revisión no permite hacer esa afirmación. [1]
La certeza de la evidencia también forma parte del resultado
Las estimaciones para el IMC y los triglicéridos fueron favorables a la dieta mediterránea, pero la revisión calificó la certeza de la mayoría de los resultados como baja o muy baja. Además, muchas de las otras variables no mostraron diferencias claras. Por tanto, conviene describir los hallazgos como señales que necesitan confirmación, no como una demostración definitiva de superioridad o de ausencia de efecto. [1]
La interpretación también debe tener en cuenta que los estudios agruparon intervenciones distintas y comparadores diversos. En la próxima sección veremos algunos ensayos concretos para entender mejor qué se puso a prueba y qué aporta cada uno a la pregunta.
Qué aportan algunos ensayos originales
El metaanálisis reúne estudios muy distintos. Mirar dos ensayos ayuda a entender por qué los resultados conjuntos no responden a una pregunta simple como «¿es mejor la dieta mediterránea?»: cada investigación comparó intervenciones diferentes y midió resultados distintos.
MEDINA: dieta mediterránea frente a dieta baja en grasas
El ensayo MEDINA comparó durante 12 semanas una dieta mediterránea ad libitum —sin una restricción calórica prescrita— con una dieta baja en grasas. Se aleatorizó a 42 personas con diagnóstico de NAFLD (19 al grupo mediterráneo y 23 al de dieta baja en grasas) y 39 completaron el estudio. El resultado hepático principal se evaluó mediante resonancia magnética espectroscópica. [4]
Al finalizar, no se encontró una diferencia significativa entre los grupos en el contenido de lípidos intrahepáticos. El grupo de dieta baja en grasas redujo los lípidos intrahepáticos un 17 % respecto a su valor inicial (p = 0,02); en el grupo mediterráneo la reducción fue del 8 % y no alcanzó significación estadística (p = 0,069). Esa comparación dentro de cada grupo no demuestra que la dieta baja en grasas sea superior: para responder a eso hay que atender a la diferencia entre los grupos, que no fue significativa. [4]
El ensayo fue pequeño y duró tres meses. Sus resultados describen lo que ocurrió en esas condiciones y con esas personas; no permiten establecer por sí solos cuál de los dos patrones sería mejor a largo plazo.

CHRONO-NAFLD: dieta mediterránea hipocalórica con o sin restricción horaria
CHRONO-NAFLD, publicado en 2025, estudió a personas con MASLD y sobrepeso u obesidad durante 12 semanas. Los tres grupos siguieron una dieta mediterránea hipocalórica: uno sin restricción horaria y los otros dos con una ventana diaria de alimentación de diez horas, adelantada o retrasada. El ensayo informó de mejoras en varios indicadores durante la intervención; también exploró si el horario de las comidas podía influir en el metabolismo de la glucosa. [5]
Como los tres grupos siguieron una dieta mediterránea, este ensayo no compara ese patrón con otra dieta. Su pregunta es distinta: si añadir una ventana horaria de alimentación modifica los resultados de una dieta mediterránea hipocalórica. Por eso, sus hallazgos no deben leerse como una prueba directa de que la dieta mediterránea sea superior a otras pautas.
Estos ejemplos muestran por qué importa separar las preguntas de cada ensayo antes de sacar conclusiones sobre la dieta mediterránea en general.
Qué aportan los estudios hechos en España
Dos trabajos españoles, fuera de la revisión, ayudan a completar el cuadro. En un análisis longitudinal de 3145 participantes del estudio PREDIMED seguidos durante 5 años, cada punto más en la escala de adherencia a la dieta mediterránea (MEDAS) se asoció con un índice de esteatosis hepática más bajo [6]. Se trata de un índice no invasivo y de un análisis observacional dentro del ensayo, así que muestra una asociación, no un efecto causal.
El ensayo FLIPAN, realizado en Baleares y Navarra con 155 adultos con síndrome metabólico y hígado graso, comparó una dieta convencional con dos intervenciones de dieta mediterránea, una con mayor frecuencia de comidas y otra con actividad física. La grasa intrahepática y la rigidez hepática bajaron en los tres grupos, sin diferencias entre ellos [7]. Es el mismo mensaje que el del metaanálisis: lo que se cambia frente a la dieta previa importa más que la etiqueta concreta.
Qué recomiendan las guías para el hígado graso metabólico
La guía europea EASL-EASD-EASO de 2024 sitúa la dieta dentro de un abordaje más amplio, con objetivos concretos [3]:
- Pérdida de peso mantenida en personas con sobrepeso u obesidad: al menos un 5 % para reducir la grasa hepática, un 7-10 % para mejorar la inflamación y un 10 % o más para mejorar la fibrosis.
- Calidad de la dieta: un patrón similar al mediterráneo, limitando los ultraprocesados ricos en azúcares y grasas saturadas y evitando las bebidas azucaradas.
- Actividad física: preferiblemente más de 150 minutos semanales de intensidad moderada o 75 minutos de intensidad vigorosa.
- Alcohol: la evidencia no respalda un efecto protector del consumo bajo o moderado, y con fibrosis avanzada o cirrosis debe suprimirse por completo.
Sobre el café, la guía recoge que su consumo se ha asociado con menos daño hepático, pero se basa en estudios observacionales y no lo formula como recomendación [3]. Hemos desarrollado estos puntos en el tratamiento del hígado graso y en la relación entre hígado graso y alcohol.

Qué podemos afirmar con la evidencia disponible
La revisión encontró una señal favorable a las intervenciones mediterráneas para el IMC y los triglicéridos frente a las dietas comparadoras. Sin embargo, la certeza de esas estimaciones fue muy baja y baja, respectivamente. Para la mayoría de los demás resultados —incluidos varios marcadores hepáticos y metabólicos— no detectó diferencias estadísticamente significativas. [1]
Esto no demuestra que la dieta mediterránea sea ineficaz ni que todas las dietas sean equivalentes. Indica que, con los ensayos reunidos en esta revisión, no se puede afirmar con seguridad que la dieta mediterránea obtenga mejores resultados que las alternativas comparadas para la mayoría de las variables estudiadas.
La lectura también debe tener en cuenta que la revisión incluyó 23 estudios, pero solo 11 contribuyeron a los metaanálisis; y que las intervenciones y los comparadores fueron variados. Además, varios ensayos estudiaron NAFLD antes de que se adoptara la nomenclatura MASLD, por lo que no todos emplearon exactamente los criterios diagnósticos actuales. [1, 2]
Por su parte, las guías europeas recomiendan una alimentación de calidad similar al patrón mediterráneo y actividad física como parte del abordaje global de la MASLD. Esa recomendación clínica no depende de que un metaanálisis demuestre superioridad frente a cada dieta alternativa: responde al conjunto de evidencia y al papel de los hábitos saludables en la atención de la enfermedad. [3]

Preguntas frecuentes sobre dieta mediterránea e hígado graso
¿Es buena la dieta mediterránea para el hígado graso?
Sí, es el patrón que recomiendan las guías europeas [3]. Lo que no está demostrado es que sea claramente superior a otras dietas bien planteadas: en el metaanálisis de 2026 solo mostró ventaja en el IMC y los triglicéridos, con certeza baja o muy baja [1].
¿Qué es la MASLD?
Es el nuevo nombre del hígado graso no alcohólico: enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica. Se diagnostica cuando hay grasa en el hígado y al menos un factor de riesgo cardiometabólico, como obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión o dislipidemia [2].
¿Cuánto peso hay que perder para mejorar el hígado graso?
La guía europea marca una pérdida mantenida de al menos el 5 % del peso para reducir la grasa hepática, del 7-10 % para mejorar la inflamación y del 10 % o más para mejorar la fibrosis [3].
¿Cuánto ejercicio se recomienda con hígado graso?
Preferiblemente más de 150 minutos semanales de actividad moderada o 75 de actividad vigorosa [3].
¿Qué debo comer si tengo hígado graso?
La base es un patrón de tipo mediterráneo, con pocos ultraprocesados y sin bebidas azucaradas [3]. Los alimentos y ejemplos concretos los tienes en nuestra dieta para el hígado graso.
Publicación revisada por:
Referencias
- Valenzuela-Fuenzalida JJ, Salazar-Arancibia T, Laborie-Reyes B, Rodríguez-Ortiz F, Loaiza Giraldo JP, Salgado C, et al. Mediterranean diet and metabolic outcomes in NAFLD/MASLD: a systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Clin Nutr ESPEN. 2026;75:105017. doi:10.1016/j.clnesp.2026.105017.
- Rinella ME, Lazarus JV, Ratziu V, Francque SM, Sanyal AJ, Kanwal F, et al. A multisociety Delphi consensus statement on new fatty liver disease nomenclature. J Hepatol. 2023;79(6):1542-56. doi:10.1016/j.jhep.2023.06.003.
- European Association for the Study of the Liver; European Association for the Study of Diabetes; European Association for the Study of Obesity. EASL-EASD-EASO Clinical Practice Guidelines on the management of metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease (MASLD). J Hepatol. 2024;81(3):492-542. doi:10.1016/j.jhep.2024.04.031.
- George ES, Reddy A, Nicoll AJ, Ryan MC, Itsiopoulos C, Abbott G, et al. Impact of a Mediterranean diet on hepatic and metabolic outcomes in non-alcoholic fatty liver disease: the MEDINA randomised controlled trial. Liver Int. 2022;42(6):1308-22. doi:10.1111/liv.15264.
- Tsitsou S, Bali T, Adamantou M, Saridaki A, Poulia KA, Karagiannakis DS, et al. Effects of a 12-week Mediterranean-type time-restricted feeding protocol in patients with metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease: a randomised controlled trial—the CHRONO-NAFLD Project. Aliment Pharmacol Ther. 2025;61(8):1290-1309. doi:10.1111/apt.70044.
- Cueto-Galán R, Fontalba-Navas A, Gutiérrez-Bedmar M, Ruiz-Canela M, Martínez-González MA, Alves L, et al. Adherence to the Mediterranean diet to prevent or delay hepatic steatosis: a longitudinal analysis within the PREDIMED study. Front Nutr. 2025;12:1518082. doi:10.3389/fnut.2025.1518082.
- Montemayor S, Bouzas C, Mascaró CM, Casares M, Llompart I, Abete I, et al. Effect of dietary and lifestyle interventions on the amelioration of NAFLD in patients with metabolic syndrome: the FLIPAN study. Nutrients. 2022;14(11):2223. doi:10.3390/nu14112223.
