
«Tienes ovario poliquístico”.
La frase cae rápida. Corta. Técnica. Y, para muchas mujeres, desconcertante.
Eso es exactamente lo que relata Silvia Redondo, entrenadora online especializada en mujeres, en una conversación publicada en Instagram junto al profesor de ENFAF, Juan Abril. “Me dijeron que tenía quistes, bolitas en los ovarios, y que tenía que tomar anticonceptivas. Punto”. Sin contexto. Sin explicación. Sin mapa.
La sensación que describe es paradójica: por fin tenía un nombre para lo que le pasaba, pero ninguna respuesta real sobre qué significaba para su salud presente o futura.
Y esa experiencia, advierte el profesor de ENFAF, Juan Abril, es más frecuente de lo que debería.
El síndrome de ovario poliquístico (SOP) afecta aproximadamente entre un 6% y un 15% de mujeres en edad reproductiva, dependiendo de los criterios diagnósticos utilizados (Azziz et al., J Clin Endocrinol Metab, 2004). No es raro. No es anecdótico. Y, sin embargo, sigue rodeado de simplificaciones.
Durante años, el relato dominante ha sido este: reglas irregulares, presencia de quistes en ovarios y prescripción de anticonceptivos hormonales. Fin de la conversación.
Pero el SOP no es solo eso.
Mucho más que “quistes en los ovarios”
Uno de los primeros malentendidos empieza por el propio nombre. No todas las mujeres con SOP tienen quistes visibles y no todos los ovarios con morfología poliquística implican un síndrome clínico.
De hecho, el diagnóstico se basa en los criterios de Rotterdam (2003), que exigen la presencia de al menos dos de estos tres elementos: hiperandrogenismo (clínico o bioquímico), disfunción ovulatoria y ovarios poliquísticos en ecografía (Rotterdam ESHRE/ASRM, Hum Reprod, 2004).
Es decir, hablamos de un trastorno endocrino complejo, no de un simple hallazgo ecográfico.
El profesor de ENFAF, Juan Abril, insiste en este punto en la conversación: reducir el SOP a un problema menstrual es ignorar su dimensión metabólica.
Porque el SOP está estrechamente vinculado con la resistencia a la insulina, incluso en mujeres con normopeso. Desde los trabajos clásicos de Dunaif (Endocr Rev, 1997), sabemos que una parte significativa de mujeres con SOP presenta alteraciones en la sensibilidad a la insulina, lo que puede aumentar el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y síndrome metabólico a largo plazo.
No es solo una cuestión reproductiva. Es una cuestión de salud integral.
Anticonceptivas: ¿solución o parche?
Los anticonceptivos hormonales combinados se utilizan con frecuencia para regular el ciclo y reducir síntomas asociados al hiperandrogenismo, como acné o hirsutismo. Y pueden ser útiles en ese contexto.
El problema aparece cuando se convierten en la única intervención.
Las guías internacionales más recientes sobre el manejo del SOP sitúan las modificaciones del estilo de vida —alimentación, actividad física y control del peso cuando sea necesario— como primera línea terapéutica, especialmente en mujeres con sobrepeso u obesidad (Teede et al., Hum Reprod, 2018; actualización 2023). El objetivo no es solo regular la menstruación, sino mejorar el perfil metabólico y reducir riesgos futuros.
En ese sentido, el entrenamiento no es un complemento estético. Es una herramienta terapéutica.
Diversos estudios han mostrado que el ejercicio, incluso sin pérdida de peso significativa, puede mejorar la sensibilidad a la insulina y algunos marcadores hormonales en mujeres con SOP (Moran et al., Hum Reprod Update, 2011). El entrenamiento de fuerza y el ejercicio aeróbico estructurado parecen tener efectos positivos sobre la composición corporal y el metabolismo glucídico.
Sin embargo, esta información no siempre forma parte de la conversación clínica inicial.
El impacto emocional del diagnóstico
Más allá de la fisiología, hay otro elemento que pesa: la incertidumbre.
Escuchar un diagnóstico sin explicación clara puede generar ansiedad, miedo al futuro e incluso una sensación de enfermedad crónica mal definida. ¿Es grave? ¿Afectará a mi fertilidad? ¿Tendré problemas metabólicos? ¿Es reversible?
La literatura científica recoge tasas elevadas de ansiedad y síntomas depresivos en mujeres con SOP, superiores a las de la población general (Dokras et al., Fertil Steril, 2011). Parte de ese impacto puede estar relacionado con los síntomas físicos, pero también con la falta de información y acompañamiento adecuado.
Cuando el mensaje se reduce a “toma la píldora y ya está”, se pierde la oportunidad de educar en salud.
Nombrar no es explicar
En la conversación difundida en Instagram, el profesor de ENFAF, Juan Abril, subraya que el SOP debe entenderse como un problema que requiere un abordaje multidimensional. No se trata de demonizar la anticoncepción hormonal, sino de contextualizarla dentro de un plan más amplio.
Entrenamiento adaptado, mejora de la sensibilidad a la insulina, educación nutricional, seguimiento médico y, cuando sea necesario, tratamiento farmacológico. Todo suma.
Además, es importante individualizar. No todas las mujeres con SOP presentan el mismo perfil: existen fenotipos más hiperandrogénicos, otros más metabólicos, otros con mayor impacto reproductivo. La intervención debe adaptarse a cada caso.
El nombre “síndrome de ovario poliquístico” puede sonar técnico, incluso tranquilizador por su precisión médica. Pero poner nombre no equivale a ofrecer comprensión.
Para muchas mujeres, el verdadero problema no es el diagnóstico en sí, sino el vacío que lo acompaña.
Saber que el SOP implica alteraciones hormonales, posibles cambios en la sensibilidad a la insulina y riesgos metabólicos a largo plazo cambia la conversación. Saber que el ejercicio y la alimentación pueden modificar el curso de la condición devuelve parte del control.
El diagnóstico no debería ser el final de la conversación. Debería ser el principio.
Porque decir “tienes ovario poliquístico” es fácil.
Explicar qué significa realmente —y qué puedes hacer con ello— es lo verdaderamente importante.